viernes, 29 de octubre de 2010

Difusión: Lacolla y Néstor Kirchner


La muerte de Néstor Kirchner golpea el entramado político argentino y produce, amén del dolor por la desaparición de su persona, tan ligada al proceso de recuperación de la Argentina, un súbito remolino que desordena el tablero de las perspectivas electorales para el 2011. 
Néstor Kirchner va a quedar como la figura de mayor impronta en la historia argentina de comienzos del siglo XXI, posición que sólo podría disputarle su esposa Cristina, con la cual, de todas maneras, formó el tándem que piloteó al país en estos tiempos revueltos. A Néstor le tocó asumir una carga que casi nadie quería. Esto es, la difícil empresa de conducir una nación devastada por el período neoliberal que arrancó a mediados de 1975 y que tocó su ápice durante la década de 1990 y los dos primeros años del nuevo siglo. Acuérdense los desmemoriados: el país estaba abrumado por la deuda externa, venía de una etapa de disolución que había visto el sucederse de tres gobiernos en pocos días y la estabilización esbozada por Duhalde se encontraba a su vez tambaleante como consecuencia de una crisis económica sumada a un descontento popular cuya represión volvía a manchar de sangre las calles. 
En esa coyuntura el por entonces presidente Duhalde eligió como candidato del justicialismo al gobernador de Santa Cruz. Lo hizo a regañadientes, después de que Reutemann y De la Sota eludieran quemarse los dedos con una postulación difícil y con pronóstico reservado. Que el país estaba para cualquier cosa lo demostró que en la primera vuelta la primera minoría quedase en manos de Carlos Menem por escaso margen. La segunda vuelta iba a barrer con ese personaje de nefasto currículum, eso estaba claro, y el señor de Anillaco y sus consejeros no encontraron mejor manera de evitar ese trago y, de paso, intentar deslegitimar a su adversario, que retirarse de la competencia. Kirchner llegó así al gobierno con una base electoral inexpresada, cosa que pudo influir en su prudencia respecto de asumir iniciativas reformistas de corte más drástico de las que realmente tomó, pero que serían asumidas durante el posterior mandato de su esposa. Su gobierno se significó de inmediato, sin embargo, por un giro copernicano en la política exterior que acabó con el alineamiento automático a Estados Unidos y que supuso una franca apertura hacia Latinoamérica y la obstrucción y demolición del proyecto del Alca, de consuno con Brasil y Venezuela. La afirmación de los lazos con estos países supuso el comienzo de una marcha claramente orientada hacia la unificación sudamericana, por mucho camino que haya que recorrer todavía y cualesquiera sean los frenazos que en él se produzcan.


Los datos de la política social arrancaron con la derogación de la canallesca y fraudulenta ley de regulación laboral, y continuaron con la recuperación del salario, con una acción efectiva en la actualización de los haberes jubilatorios y con un manto de protección tendido sobre los sectores más desamparados, paliativos de una situación hasta ese momento insostenible y que sirvieron –y sirven todavía- para ganar tiempo hasta que se genere una plena recuperación productiva. A todo lo cual se sumó una política de derechos humanos y de reparación de los agravios cometidos durante la dictadura a través de la judicialización de unos crímenes a los que las leyes de punto final y obediencia debida habían dejado en el limbo de una impunidad no recomendable. 
La significación de estos cambios fue grande, y ellos fueron proolongados luego durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner a través de iniciativas como la estatización de las AFJP, la promoción de la investigación tecnológica y de sus aplicaciones prácticas; la reactivación del Plan Nuclear, el frustrado proyecto de ley de las retenciones agrarias, la asignación universal por hijo, la renacionalización de Aerolíneas Argentinas, la recuperación de la que fuera la Fábrica Militar de Aviones y la sanción de la estratégica Ley de Medios, hoy trabada por las triquiñuelas jurídicas de los grandes monpolios de prensa, pero presente como una posibilidad latente e inminente. 
Kirchner no fue un político carismático en el sentido pleno del término. No era un tribuno como Perón. Sus discursos tenían un registro monocorde poco propicio para arrebatar a las multitudes. Pero era un político de ley, incansable, astuto, imposible de doblegar y provisto además de cualidades de estadista nada desdeñables. Su política latinoamericana así lo atestigua. Era pues una pieza fundamental en el proyecto dirigido a modificar la Argentina que comenzó a perfilarse a partir del 2003. Con cuánta profundidad quería hacerlo es cosa imposible de determinar hoy, aunque la presencia de su viuda al frente del gobierno y como inexorable opción electoral para el 2011 nos va a dar sobradas oportunidades para descubrirlo. 
En este sentido la ausencia de Néstor Kirchner va a hacerse sentir. No porque la Presidenta carezca de las cualidades que son necesarias para pilotear un barco en la tormenta –le sobran agallas y recursos intelectuales y políticos para hacerlo- sino porque se va a encontrar sin su compañero de toda la vida, sin el ladero más fiable y ducho en la necesaria tarea de controlar y disciplinar las huidizas lealtades del aparato que debe acompañarla. Los partidos políticos son como bolsas de gatos, y el peronismo a veces parece una jaula de fieras. Los disensos que se produjeron en su interior en estos años son sin embargo el reflejo de una disputa que va más allá de las habituales rencillas políticas; responden más bien a la expresión de intereses económicos que se integran a la disputa sistémica que el kirchnerismo ha entablado, mal que bien, con el establishment dominante en la Argentina. Esta es la batalla, a la que hay que continuar y profundizar como única opción para escapar de la trampa que algunos escribas de La Nación no vacilan en tender. Rosendo Fraga y Carlos Pagni, por ejemplo, ya diseñan en sus artículos la oportunidad que supone este momento para que la Presidenta opte por una línea de concertación hacia la oposición, resignando la intransigencia y la “crispación” que ellos ahora prefieren endilgar a su marido, y oriente de esta manera a la sociedad hacia la “pacificación”. El sentido que ellos otorgan a esa palabra no es otro que el de una “rendición”. Apaciguar, para el sistema, no es otra cosa que no innovar en lo referido a la modificación de la manifiesta injusticia que existe en todo lo referido a la distribución de la riqueza. Y asimismo implica a abolir la amenaza de la pluralidad informativa que se vincula a la Ley de Medios, a la que se prefiere el discurso único de la democracia formal. Expediente ideal, este, para congelar cualquier iniciativa que apunte a corregir la desigualdad vigente en la nación. 
Especulan asimismo, estos analistas y las fuentes que los inspiran, con una presunta dependencia psicológica de la Presidenta respecto de la figura de su marido. Hay mucho de machismo subliminal en este tipo de evaluación. También de un espíritu carroñero que se apresta a arrojarse sobre un animal político al que se presume vulnerado. La Nación, como el exponente más sutil e inteligente del sistema de poder que ha abusado de la Argentina a lo largo de su historia, se apresura asimismo, a través de estos columnistas, a puntualizar el principal riesgo que puede torcer esta opción benevolente: que el Ejecutivo pretenda hacerse fuerte apoyándose en el único instrumento corporativo provisto de fuerza suficiente como para vertebrarlo: la CGT de Hugo Moyano
El olfato de los articulistas de La Nación es, como siempre, fino; y ayuda a definir, por reversa, la estrategia que le cabe asumir al gobierno para encarar los próximos meses. Sólo la presencia popular en las calles y un ejercicio más firme que nunca de la autoridad presidencial pueden romper la red de falsa conciliación que se le tiende o se le va a tender como alfombra de oro para la retirada. Apoyar a la Presidente en este momento de duelo para que lo supere y sepa convertirlo en un activismo más firme aun que la lleve hacia delante, será la mejor manera para que evite pisarla.

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